QUERER TEMBLAR
Observatorio del Arte de Arnuero
21 de agosto a 27 de septiembre
En 2002 Marina Núñez escribía que
cualquier cuerpo es siempre un terreno resbaladizo, perturbador. Y que un
cuerpo aislado y autónomo implica muchas barreras entre el sujeto y su
comunidad o entre el sujeto y la naturaleza, devaluando planteamientos epistemológicos
y éticos basados en la interacción. Enunciaba con ello una dimensión política
de su obra que, apoyada en la representación del cuerpo, ha seguido explorando
y profundizando hasta su producción reciente.
Esta exposición es una pequeña
revisión iconográfica y temática de su mirada hacia el cuerpo convulso a través
de obras realizadas con técnicas y medios diferentes –para mostrar también las
muy diversas formas que la artista ha desarrollado para abordar el hecho
plástico– a lo largo de 30 años, desde el comienzo de su carrera artística
hasta el presente.
Para Marina Núñez el desorden, la transformación y la inestabilidad, por encima de su valor como recursos estéticos, suponen una forma de cuestionar las estructuras de poder y las categorías normativas. En relación al cuerpo, esos atributos, que podemos resumir como “lo convulso”, constituyen una de las claves más consistentes de su imaginario y se han manifestado desde los inicios de su producción plástica mediante formas humanas retorcidas, aberrantes, monstruosas, híbridas, tensionadas, mutantes o en constante transformación. Pero mucho más allá de la representación de cuerpos agitados o alterados, “lo convulso” forma parte de una concepción de la imagen como un ámbito donde las categorías estables –los discursos hegemónicos sobre cuerpo, identidad, género, naturaleza, sociedad…– entran en crisis. En sus pinturas, dibujos y obras digitales, la convulsión aparece como un estado permanente de transformación que afecta tanto al cuerpo como a esas categorías estables, por tanto a la percepción del mundo. Lejos de entender el desorden como una anomalía, la artista lo convierte en una forma de conocimiento que revela aquello que las representaciones normativas tienden a ocultar.
Así, estas imágenes le han
servido para cuestionar las jerarquías establecidas en torno a la normalidad y
el poder. Lo convulso representa la crisis de los modelos hegemónicos y abre la
posibilidad de pensar identidades alternativas. Marina Núñez utiliza la
deformación y la metamorfosis como estrategia de resistencia frente a las
categorías impuestas, proponiendo una visión crítica de los discursos que han
definido históricamente quién pertenece a la norma y quién queda excluido.
Ese mismo texto de 2002 terminaba reflejándolo con claridad: “De ahí la capacidad de subversión de los cuerpos anómalos: nos devuelven una imagen hipotética pero no imposible de nuestro cuerpo, una imagen alternativa y transgresora que pone en cuestión la verdad y la pertinencia de la historia oficial y que puede convertirse en el correlato de otros desafíos: los de las identidades no normativas.” (1)
Ya en 1993, el autor del texto de
su primera exposición individual (2) había valorado que su obra temprana “mordiera” y que ella
no se dejara “el cuerpo fuera” mientras su pintura recuperaba iconografías
clásicas, utilizadas históricamente para justificar la exclusión femenina. En
estas obras, la Medusa, la loca o la mujer monstruosa dejan de ser objetos de
contemplación masculina para convertirse en sujetos que interpelan al
espectador.
Fue el momento en que toda su obra empezó a llenarse de cuerpos. Cuerpos no normativos como los de las mujeres barbudas, sin boca o siamesas que pronto dieron paso a una muy personal representación de la locura femenina apoyada en la iconografía de la histeria de Charcot y en una pintura técnicamente muy precisa y de apariencia realista que buscaba atraer la mirada: que aquello que parece reconocible termine generando inquietud, en una clara estrategia de desestabilizar las expectativas visuales del espectador a través de una metáfora existencial y política –abiertamente vinculada con el feminismo– que opera en el terreno de la representación simbólica y propone una vía de escape, de resistencia, frente a la rigidez normativa de un mundo gobernado por la “cordura patriarcal”.
Por ello, la exposición arranca con la obra Sin título (Locura) de 1997, su particular y reconocible representación de las “histéricas” de Charcot en la Salpêtrière, presentes en su muestra individual “La locura” en el Museo Reina Sofía. La locura aparece aquí como una mujer cuyo cuerpo adopta una pose forzada, casi imposible, vestida con un hábito blanco que contrasta de forma violenta con su piel, de un rojo intenso, casi hiriente, “la ostentación histérica del rojo misterio de lo femenino”, citando a Didi-Huberman. (3) El único soporte de esta pintura es la propia tela recortada y pegada en la pared, buscando acentuar la aproximación directa hacia lo representado: un cuerpo privado de sentido, un caos hecho carne.
Las siguientes obras, de los años
2000 a 2020 muestran, en paralelo a su progresivo abandono de los pinceles –no
tanto de la forma pictórica– para centrarse en las herramientas digitales, una
evolución hacia figuras posthumanas. Sin abandonar las preocupaciones
feministas, la artista amplía el foco hacia las transformaciones tecnológicas
de la identidad. Aquí el cíborg deja de ser únicamente un motivo de ciencia
ficción para convertirse en una figura política porque cuestiona las dualidades
naturaleza / tecnología, cuerpo / máquina, identidad / alteridad o individuo /
red, permitiendo que la hibridez aparezca como una alternativa frente a las
identidades esencialistas.
Aparecen mujeres que se ablandan
y licúan, confundiéndose con el medio en el que se encuentran para romper así
con la identidad estable y única y deshacerse y confundir su identidad con
otros objetos, seres o contextos. Su yo se hace así múltiple e híbrido,
remitiendo a las identidades fluidas más propias de la posmodernidad.
Un ejemplo es la serie Especie
de 2019. Piezas escultóricas en las que figuras femeninas formadas por una
maraña de líneas, raíces o ramas retorcidas, que dibujan sus cuerpos y se
expanden más allá de ellos, ascienden desde la base de los prismas de cristal
que las contienen y que parecen protegerlas del exterior. Sin embargo, esa piel
pétrea y transparente es en realidad su epidermis. Son seres que se sitúan como
bisagras entre sujeto y objeto; que viven, evolucionan y se arraigan a un medio
que es como ellas, pues emana de ellas. Su única forma de liberación, como
Dafne convirtiéndose en laurel, es la metamorfosis, la reconexión con
naturaleza como último resorte. Un aspecto que ha desarrollado en profundidad
en obras y proyectos de los últimos años.
Este discurso nos lleva a la obra
que cierra la exposición, Marejada, 2 de 2020, una obra concebida
digitalmente, pero formalizada mediante dibujo, que representa una figura
femenina en una pose convulsa, extática, a la que le está creciendo un paisaje
desde su cuerpo. Su piel ya no es una frontera, o una armadura, sino algo
poroso, abierto, fluyente, con empatía hacia el entorno, un paisaje
del que no se diferencia. Es, en resumen, simbiótica.
Todos estos cuerpos
contorsionados, mutantes, desmaterializados, cíborgs o simbióticos dejan claro
cómo para Marina Núñez el principal escenario del conflicto político es
precisamente el cuerpo, realidad biológica y también construcción cultural. Y
muestran que la identidad nunca es fija ni natural. Su representación aborda
una crítica de los mecanismos culturales que construyen la identidad y
normalizan determinadas formas de poder, de sujeción, produciendo cánones y
exclusiones. Porque para la artista el arte puede intervenir políticamente
transformando los imaginarios colectivos, actuando sobre las formas de mirar y
representar; y cuestionando, por tanto, aquello que una sociedad considera
normal o aceptable.
Todas estas estrategias
contribuyen a que el poder deje de localizarse únicamente en las instituciones
para aparecer también en la propia mirada de un espectador forzado a revisar
sus propios prejuicios sobre conceptos como el género, la belleza, la enfermedad,
la monstruosidad… en suma, “la otredad”.
Pedro Gallego de Lerma
(1)
Marina
Núñez, «Algunos cuerpos se definen en negativo», en “Marina Núñez”, Ed. Centro
de Arte de Salamanca 2002, pp. 8-9.
(2)
Horacio
Fernández «¿El cielo de las mujeres?», en “Marina Núñez”, catálogo individual,
Ed. Unicaja, Málaga 1993.
(3)
Alberto
Martín, «Figuras en el fuego», en “El infierno son nosotros. Histeria y
posesión”, Ed. Museo Patio Herreriano, Valladolid 2013, pp. 40-69.
BIOGRAFÍA:
Marina Núñez (Palencia, 1966)
representa en sus obras una identidad metamórfica, híbrida y múltiple; y recrea
una subjetividad desestabilizada e impura para la que la otredad no es algo
ajeno, sino que constituye básicamente al ser humano. Las fronteras con el
entorno se diluyen, las personas se convierten en paisajes, ecosistemas, una
suma compleja de elementos diversos.
En sus últimas obras se ha
centrado en la relación del ser humano con su entorno –natural, tecnológico–
representándola como una relación de contigüidad y semejanza. La piel de los
habitantes de sus mundos no es una armadura ni una frontera, sino que es porosa
y fluyente, ya que apuesta por la hibridación y la simbiosis.
Su obra forma parte de destacadas
colecciones como las de Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, MUSAC,
Artium, CA2M, La Caixa, Fundación Botín, Corcoran Gallery of Art, The Katzen
Art’s Center, FRAC Corse, Museo de El Cairo, etc., y ha tenido gran difusión
dentro y fuera del circuito artístico, como autora de publicaciones, textos
para congresos, etc.
Ha expuesto individualmente en
centros públicos como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (1997,
Madrid), La Gallera (1998, Valencia), Fundación Pilar y Joan Miró (2000, Palma
de Mallorca), Iglesia de Verónicas (2001, Murcia), DA2 (2002, Salamanca), Casa
de América (2004, Madrid), Instituto Cervantes (2006, París), La Panera (2008,
Lleida), Musac (2009, León), Centre del Carme (2010, Valencia), Sala Rekalde
(2011, Bilbao), Patio Herreriano (2012, Valladolid), Sala Alcalá 31 (2015,
Madrid), Artium (2016, Vitoria), Cortes de Castilla y León (2016, Valladolid),
Palacio de la Madraza (2016, Granada), Es Baluard (2017, Palma de Mallorca),
Capilla del Museo Barjola (2017, Gijón), Centro Puertas de Castilla (2019,
Murcia), TEA (2019, Tenerife), Sala Atín Aya (2019, Sevilla), Sala Kubo Kutxa
(2021, San Sebastián), Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (2021, Madrid), Museo
Lázaro Galdiano (2023, Madrid) o Museo Nacional de Antropología (2025, Madrid).
En 2008, tras sus exposiciones
“Puertas oscuras” en el Centre d’Art La Panera de Lleida y “Luz y tinieblas” en
el Claustro Bajo de la Catedral de Burgos, mostró sus obras por primera vez en
el Observatorio del Arte de Arnuero.





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